Ana

 Si quieres hacer reír a Dios, haz planes

Todavía estoy tratando de poner un título a este viaje a la selva y a mi retiro en Sacha Q’ente. Me viene a la mente una cita de un maestro sufí que sería muy apropiada: “Si quieres hacer reír a Dios, haz planes”. Creo que voy a poner esa.

Este viaje ha tenido dos partes, el viaje externo y el viaje interno.  El viaje externo ha sido tan imprevisible como puede ser en esta parte del mundo, muy bello y al mismo tiempo conmovedor, intenso y cambiante.

Esos cambios frío-calor, subir- bajar, ese paisaje abrupto, la impresionante bajada a la selva entre cascadas y pendientes imposibles llenas de vegetación, la belleza que te quita la respiración y la llegada a la casa a oscuras y metiendo el pie en todos los charcos del camino.

El viaje interno ha sido paralelo al externo, momentos sublimes en la selva hipnotizada por el color vibrante de las flores, momentos en los que los que te preguntas: “¿qué hago yo aquí espantando mosquitos y pasando hambre?, momentos de paz profunda contemplando la puesta de sol sobre el Cañawayna y otros de profunda agitación durante el trabajo con las plantas intentando cuadrar mis expectativas con la realidad.

¿Qué me traigo?

Me traigo la dicha de saborear el arroz con plátano tan rico que prepara Phil. La sensación de conexión con la tierra y conmigo cuando estoy trabajando con las plantas en los semilleros.  La energía nutriéndome mientras caminaba por el río. Pío cantando a la selva, al río,  a las montañas,… y ellos contestando.

Me traigo ese momento final de la batalla de la mente: ¿Quién soy yo? ¿Qué hago aquí?, ese momento en el que  finalmente no queda más que decir: me rindo, me rindo. Dios mío, tu sabes lo que es mejor para mí así que lo dejo en tus manos.

A nivel concreto puedo sentir un mes después el efecto de la planta que he dietado para la depresión. Si antes cualquier cosa me hundía en la desesperación durante varios días, ahora me afecta mucho menos y durante menos tiempo. Si antes parecía que buscaba ponerme en situaciones que me causaban tristeza o dolor, ahora tengo un piloto interno que se enciende y me dice “aléjate de esta situación, no dejes que esto se aproxime a ti”, es como si hubiera desarrollado un sentido especial que no me permite hacerme la vida tan difícil como antes.

Después de toda una vida habituada a tratar de controlar todo, no es fácil romper con ese hábito, pero algo ha cambiado. Quizás tomar conciencia de mi limitación para saber “cómo tienen que ser las cosas”, ¿cómo voy a saberlo si ni siquiera soy consciente de todas las posibilidades que hay?

Quiero agradecer a Pío y a Phil  su amoroso cuidado durante esta dieta.

Ana, Valladolid

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